Rio Tinto Mine Village before being moved to another location

Las minas de Rio Tinto por W. R. Lawson

Si las acciones de Rio Tinto desapareciesen de pronto de la cotización oficial, grande sería la lamentación en el mercado de valores extranjeros. Y sin embargo, no hace más que veinte años aquel nombre nada hubiera significado para el más inteligente y avisado de los bolsistas extranjeros. No habría despertado en Throgmorton Street asociación agradable alguna, ni asociación de ninguna clase. Como nombre de un riachuelo del mediodía de España, caía enteramente fuera de los límites de la geografía financiera. Hoy representa una de las mayores propiedades minerales que se han conocido en la historia, y ha sido objeto del más desenfrenado juego de azar de la especulación moderna. Cómo alcanzó, en el espacio de media generación, tan orgullosa altura, es buen ejemplo de las incertidumbres de la lotería minera. Todo el grupo de minas hoy conocido con el nombre de minas de cobre españolas —si bien una de ellas se halla en realidad situada en Portugal— ha tenido una historia novelesca, y la más novelesca de todas es la de Río Tinto.

El golpe de Estado de Napoleón III, según se recordará, dejó en libertad á muchos franceses de opiniones antibonapartistas para explorar otros países. Mientras muchos de ellos nos honraban con su compañía en Leicester Square y se contentaban con ganarse un modesto, aunque precario, sustento enseñando su propio idioma, otros de índole más aventurera dirigieron su atención hacia el Mediodía. España se les recomendaba como país sin explotar, donde podían hermanarse las finanzas y el republicanismo. Habían oído hablar de su riqueza mineral, y aunque sus conocimientos de minería eran vagos, tenían, como buenos franceses, fe en sí mismos. Reunieron entre todos algunos miles de francos y enviaron por delante una comisión que reconociese el terreno.

Fueron los comisionados á dar en la provincia de Huelva, la más meridional de España, que á la sazón no poseía más que dos títulos de distinción: el uno, haber aparejado la primera expedición de Colón á América; el otro, ser rica en antiguas minas romanas, entre ellas, según la tradición, la Tharsis de la Escritura.

Bajaron, pues, los pioneros franceses á Huelva, donde se encerraba la posibilidad de enriquecerse más allá de cuanto la avaricia puede soñar, según solía decir el doctor Johnson. Llegaron á la mina de Río Tinto, que se hallaba entonces á cargo de dos ingenieros españoles por cuenta del Gobierno. Mostráronse hospitalarios los españoles, enseñándoles toda la propiedad tal como á la sazón se hallaba, é iniciándoles en los secretos del cateo.

Armados de los conocimientos así adquiridos, exploraron los franceses las sierras circunvecinas y examinaron con cuidado todas las antiguas labores de que la tradición local conservaba noticia. Dieron con la de Tharsis, en un valle contiguo al del Tinto; y allá al Occidente, más allá de la frontera portuguesa, hallaron la en otro tiempo famosa mina de San Domingo, que después vino á ser la de Mason and Barry. De todas ellas prefirieron el criadero de en medio: grandísimo error para ellos, según luego se vió. Sin gran dificultad obtuvieron del Gobierno español el arriendo de la misma, y se formó una sociedad francesa para explotarla. De ahí la Tharsis Company, la más antigua de las llamadas minas de cobre españolas.

La explotación efectiva de la propiedad vino, sin embargo, á parar en manos de escoceses, que formaron compañía propia en Glasgow y desalojaron á los parisienses. Desde entonces ha sido Tharsis una institución glasgowiana, tan absolutamente parroquial y tan rigurosamente privada como el mismo St Rollox. No tiene más historia que la que Sir Charles Tennant y sus allegados juzgan conveniente para ella y para ellos.

Habiendo así los franceses errado por poco á Río Tinto, tocóles el turno á los alemanes, y no se les escapó de entre las manos. Era España entonces, como lo es todavía, el coto venturoso de los explotadores de todas las naciones. Cuando comenzó el gran éxodo alemán durante la guerra civil americana, millares de jóvenes teutones vinieron á Londres á aprender el arte inglés de hacer dinero, en el cual tantos de ellos han vencido después á sus maestros.

Los Goschen, los Huth, los Murrieta y todas las principales casas extranjeras se vieron inundadas de reclutas dispuestos á ir á cualquier parte y á emprender cualquier cosa por vía de negocio honrado. Los más poseían varios idiomas al dedillo, y cuando se ofrecía ocasión en el Río de la Plata ó en las islas Filipinas, para todo se hallaban igualmente aptos. Uno de estos incansables jóvenes alemanes, Guillermo Sundheim, había venido de Hesse-Darmstadt con carta de presentación para Frederick Huth & Company, entonces, como ahora, á la cabeza de un negocio de alcance mundial.

Por recomendación de aquéllos pasó al mediodía de España y rompió el terreno en Sevilla, donde encontró á varios compatriotas suyos, entre otros al Sr. Doetsch, hoy director gerente de Rio Tinto. Por conducto de un ingeniero que solía subir á Sevilla desde Huelva —entonces una pequeña aldea de pescadores, donde hoy existe una población de más de 20.000 almas— supo que podía hacerse buen negocio comprando mineral de manganeso á las pequeñas minas de la comarca y embarcándolo para Inglaterra.

Trasladóse sin tardanza el Sr. Sundheim á Huelva, y se hizo comerciante y exportador de manganeso, primero en sociedad con un amigo que fué de Londres á reunírsele, y después con el Sr. Doetsch, que ha sido su asociado en gran variedad de empresas, todas irradiando de su primitiva agencia de manganeso. Han construido ferrocarriles, abierto minas, plantado viñedos, explotado canteras de mármol y aplicado sus activas manos á cuanto han hallado ocasión de emprender.

La Huelva de hoy es obra suya y de la Rio Tinto Company. A ellos debe su hotel —el mayor y más hermoso al sur de Madrid—, las mejoras de su puerto, su comunicación ferroviaria con el Norte, y, sobre todo, su preeminencia como el primer puerto de embarque de minerales de Europa.

Por conducto de otro alemán llegaron á tener noticia de Río Tinto. El Sr. Blum, ingeniero de minas y mineralogista de carrera, llevaba varios años cateando por toda España cuando el Sr. Sundheim vino á Huelva. Habíase por fin establecido cerca de la mina de Tharsis, observando con gran interés los progresos de la nueva compañía francesa. De cuando en cuando visitaba la de Río Tinto, que el Gobierno español explotaba á salto de mata y, por regla general, sin provecho. Vió que, aunque no rendía, se iba descubriendo una mina espléndida, y esta valiosa noticia la comunicó á sus amigos Sundheim y Doetsch.

Ellos, por su parte, estaban á la mira de las ocasiones financieras, que no tardaron en presentarse. Sostenía el Gobierno español una desesperada lucha por la vida en medio de la bancarrota y la anarquía en que le había sumido la reciente guerra carlista. No podía hacer frente á sus obligaciones sino realizando cuantos bienes sueltos del Estado fuesen convertibles en moneda. Cuando se le indicó que acaso pudiera hallarse comprador para las minas de cobre de Río Tinto, picó ávidamente el anzuelo. Un proyecto de ley, redactado en realidad por los Sres. Sundheim y Doetsch, y llevado á través de las Cortes por un diputado por la provincia de Huelva, le facultó para tasar las minas y sacarlas á pública subasta. Así se hizo, y fueron rematadas en cerca de cuatro millones de libras esterlinas á favor de un sindicato de capitalistas de Londres y de Bremen, á cuya cabeza figuraba la casa Matheson & Co.

[Spain of Today – W. R. Lawson 1890]