Para su próxima Exposición Internacional han elegido los americanos asunto digno y ocasión memorable. Celebrará el cuarto centenario del descubrimiento del Nuevo Mundo; mas no debiera honrarse menos la ocasión en el Viejo, que de él ha sacado cuando menos igual parte de provecho. Si tal programa llegara á acordarse, puedo yo indicar el lugar más adecuado que imaginarse pueda. Competirían sin duda con empeño las capitales de Europa por la honra de ofrecerle hospedaje; pero hay un paraje insignificante y casi desconocido, en el ángulo sudeste de Europa, que tiene el mejor de los títulos. Aunque va unido al mayor suceso de la historia moderna, poco familiar es su nombre aun para el historiador de profesión. Es un santuario que atrae pocos peregrinos, siendo así que parajes de interés infinitamente menor se ven de ellos relativamente concurridos. Ni siquiera el omnipresente é incontenible turista americano suele encaminarse á la Rábida. Y en verdad, ¿qué saben de la Rábida las nueve décimas partes de ellos? Su mención no excita emoción alguna en sus pechos, ni da el menor estremecimiento á su fantasía. Tanto el Viejo Mundo como el Nuevo parecen haber olvidado por completo el suceso que hizo época y que en la Rábida se verificó hace cerca de cuatro siglos.
El capítulo más interesante de la Vida de Colón de Washington Irving comienza así:
«Como á media legua del pequeño puerto de mar de Palos de Moquer, en Andalucía, había, y sigue habiendo hasta el día de hoy, un antiguo convento de frailes franciscanos, dedicado á Santa María de Rábida. Cierto día, un forastero á pie, de humilde apariencia mas de aire distinguido, acompañado de un niño pequeño, se detuvo á la puerta del convento y pidió al portero un poco de pan y agua para su hijo. Mientras tomaba tan humilde refrigerio, acertó á pasar por allí el prior del convento, Juan Pérez de Marchena, á quien llamó la atención el aspecto del forastero; y advirtiendo por su porte y su acento que era extranjero, trabó conversación con él, y no tardó en conocer los pormenores de su historia. Aquel forastero era Colón.»
Cuando este afortunado encuentro se verificó, hallábase Colón á punto de abandonar á España lleno de disgusto y desengaño, como ocho años antes había abandonado á Portugal. No le habían tratado Fernando é Isabel con tanta mezquindad como Juan de Portugal; pero, después de traerle pendiente de sus pasos durante toda la guerra de los moros, habían al cabo roto con él.
¡Cuán distinta historia hubiera podido tener España á no ser por el sagaz prior del convento de la Rábida, que á la hora undécima detuvo la planta ya fugitiva de Colón! Pudiera el gran navegante haber llevado consigo su idea de un paso occidental á las Indias á alguna corte más liberal, que hubiese recogido la gloria y el provecho de realizarla. Por lo que sabemos, la próxima ráfaga de aventura de su azarosa vida acaso le hubiera empujado hacia Inglaterra, y hallado para él patronos más firmes en los Tudor que en las casas gemelas de Aragón y Castilla. Por fortuna para España, se conjuró el peligro de dejar escapar de entre sus dedos el Nuevo Mundo aún no nacido. No sólo era el prior Pérez hombre de inteligencia, sino que tenía influjo en la corte, por haber sido en otro tiempo confesor particular de la reina Isabel.
Escribió una carta á Su Majestad, exponiendo en los términos más apremiantes la vergüenza que para España sería desechar una ocasión, por pequeña que fuese, de alcanzar objeto tan noble como el que Colón se proponía. Fuéle remitida por mano de Sebastián Rodríguez, piloto de confianza de Lepe, que se había hecho ferviente partidario del proyecto de Colón. De tal suerte se conmovieron con esta súplica la simpatía femenil y la ambición regia de Isabel, que devolvió respuesta alentadora.
Fué llamado el prior á la corte para conferenciar más despacio con ella; y de tal modo se encendió por fin su entusiasmo, que las objeciones de cortesanos fríos y envidiosos quedaron acalladas con la orgullosa declaración:
«Yo tomo la empresa por cuenta de mi propia corona de Castilla, y empeñaré mis joyas para allegar los fondos necesarios.»
Después de todo, no hubo que echar mano de las joyas reales para costear la expedición. El cauteloso Fernando, aunque escéptico acerca del proyecto, consintió en que se adelantasen de su tesoro diez y siete mil florines para los gastos de ella. Cuidó además de reintegrarse con el primer oro traído del Nuevo Mundo, que empleó en dorar los artesonados de su palacio de Zaragoza. El propio Colón hubo de allegar la octava parte del capital necesario, que reunió entre sus nuevos amigos de la Rábida.
Sus Majestades Fernando é Isabel, si no eran fuertes en moneda, podían prestar valioso auxilio de otras maneras. No escatimaron reales cédulas llamando á sus súbditos á que contribuyesen en especie. El pequeño puerto de Palos estaba ya obligado á proporcionar anualmente dos naves armadas, y éstas quedaron para aquel año asignadas á la expedición. Los Pinzones, familia principal de Palos, aprestaron á su costa un tercer buque, el mejor de la pequeña flota. Dos de los hermanos se alistaron asimismo en la expedición, y emplearon todo su influjo local en reclutar gente para ella.
El siguiente incidente público del drama lo tomo otra vez de las gráficas páginas de Washington Irving:
«Dispuesta ya la escuadra para hacerse á la mar, Colón, penetrado de la solemnidad de su empresa, se confesó con el prior Juan Pérez y recibió el sacramento de la Comunión. Siguieron su ejemplo sus oficiales y su tripulación, y dieron principio á su empresa llenos de temor reverente y con las más devotas y conmovedoras ceremonias, encomendándose á la especial guía y protección del Cielo.»
Llegamos ahora á la escena más gráfica de todas: la triste asamblea reunida en la arenosa ladera de la Rábida que da su adiós á los exploradores que salían, con la vida en las manos, á surcar mares desconocidos y acaso sin término.
«Fué —dice Irving— el 3 de Agosto de 1492, muy de mañana, cuando Colón se hizo á la vela desde la barra de Saltés, pequeña isla formada por los brazos del Odiel, frente á la villa de Huelva, gobernando en dirección sudoeste hacia las islas Canarias, desde donde era su intención poner rumbo derecho al Oeste.»
Cosa sabida de la historia es cómo la pequeña flota siguió adelante en su derrotero hacia Occidente hasta que Colón divisó una luz que brillaba á gran distancia. Enderezaron hacia ella, y al amanecer del 12 de Octubre se hallaron fondeados junto á una isla llana, de varias leguas de extensión, y vestida de un cabo á otro de árboles frutales, cual si fuera un solo y vasto vergel. Tomaron posesión de ella en nombre de Fernando é Isabel, y la llamaron San Salvador. Era una de las Bahamas, la misma á que los marinos ingleses han dado el nombre, harto menos poético, de Cat Island.
Después de llegar hasta Cuba, que tomó por la tierra firme de Asia —acaso el fabuloso Catay mismo—, regresó Colón por la vía de Haití. Tuvo travesía muy dura de vuelta, y fondeó el 4 de Marzo de 1493 frente á Cintra, en la desembocadura del Tajo.
En la hora de su triunfo no olvidó el humilde puerto que tanto le había favorecido en la adversidad. En cuanto hubo presentado sus respetos al rey Juan de Portugal, volvió á darse á la vela en su desvencijada carabela la Niña, con rumbo al punto de donde había partido siete meses y medio antes. El 15 de Marzo llegó felizmente á la barra de Saltés, y á mediodía entraba en el pequeño puerto de Palos.
¿Qué paraje de Europa ó del mundo puede igualar sucesos históricos como éstos? ¿Cuál más digno de agradecido homenaje, ó más á propósito para interesar al peregrino inteligente? Cuando los americanos celebren el nacimiento de su continente, cometerán grave pecado si desatienden el solitario convento de la Rábida, ó la pequeña aldea de pescadores que hoy representa el histórico puerto de Palos.
(Extracto de Spain of Today, por W. R. Lawson, 1890.)
