Funeral for Canovas del Castillo

D. Antonio Cánovas del Castillo

Estadista, historiador y amigo de Huelva
Málaga, 8 de Febrero de 1828 — Balneario de Santa Águeda, Mondragón, 8 de Agosto de 1897

Huelva está de luto.

El hijo del modesto maestro de escuela malagueño que por la sola fuerza de sus talentos llegó á los primeros puestos de la nación; el escribiente de las oficinas del ferrocarril de Madrid á Aranjuez que había de gobernar seis veces á España; la pluma que redactó el Manifiesto de Manzanares antes de cumplir los veintisiete años; el estadista que ideó y sostuvo la Restauración de la Monarquía, dándole instituciones que han traído á la vida pública una estabilidad de ella largo tiempo ausente; el historiador de la decadencia de la Casa de Austria, modelo de crítica y de erudición; el orador de vigor y de energía nunca desmentidos; el político más conocido y alabado acaso fuera de España que dentro de ella; y —lo que aquí más nos toca— el amigo constante de esta provincia, á cuya voluntad debe Huelva el Centenario de Colón y La Rábida el principio de su restauración: ha muerto á manos de un fanático extranjero, en crimen tan cobarde como deplorable.

Hallábase el ilustre estadista tomando las aguas en el balneario de Santa Águeda, en el distrito guipuzcoano de Mondragón, cuando el día 8, después de oír misa y de sentarse en el patio del establecimiento con un periódico en la mano, recibió tres disparos de pistola hechos casi á quemarropa. Detenido en el acto el asesino, extranjero hospedado allí con nombre y apariencia de corresponsal de un periódico, declaró que obraba en represalia por las ejecuciones de Montjuich. La noticia llegó á esta ciudad aquella misma tarde, y en pocas horas no se hablaba de otra cosa en Huelva.

Nació en Málaga el año de 1828, hijo de un maestro de primeras letras. Vino joven á Madrid á ocupar un empleo en las oficinas del ferrocarril de Madrid á Aranjuez, entonces en construcción, y allí prosiguió los estudios de Derecho, que terminó en 1851. Hízose nombre en el periodismo, y aunque la tribuna le reclamase después, jamás dejó la pluma. Suya fué la redacción del Manifiesto de Manzanares en 1854, y en aquel mismo año fué elegido diputado por Málaga á las Cortes Constituyentes.

Su encumbramiento fué por grados y no de un salto: un puesto en el Ministerio de Estado, el Gobierno civil de Cádiz, la Dirección general de Administración local y la Subsecretaría de Gobernación, antes de recibir esta cartera en el Gobierno de D. Alejandro Mon el año 1864, y la de Ultramar al siguiente. Su conducta en el suceso de los sargentos de San Gil, en 1866, costóle el destierro á Palencia, y apartado permaneció de los negocios públicos hasta la Revolución de Septiembre de 1868, en la cual, lejos de abandonar el campo, tomó la jefatura de la minoría conservadora en las Cortes. Él fué después quien ideó y llevó á término la Restauración de la Monarquía en la persona de S. M. D. Alfonso XII, si bien las cosas sucediesen de otro modo que el por él dispuesto, adelantándose el pronunciamiento de Sagunto, en Diciembre de 1874, algunas semanas al arreglo civil que tenía preparado. Seis veces ocupó desde entonces la Presidencia del Consejo, y aunque dimitiese con frecuencia, ya por conciencia, ya por conflicto, siempre volvió, llamado por el deber y por la confianza regia.

Mas no son los altos negocios del Estado los que aquí nos mueven á escribir. Pocos hombres públicos de Madrid conocieron esta provincia como él la conoció, y ninguno le hizo mayor bien. Prestó su apoyo al ferrocarril de Zafra á Huelva, abierto de Valdelamusa á esta ciudad en Julio de 1886 y terminado hasta Zafra el 1.º de Enero de 1889, que rompió el aislamiento del Andévalo y de la Sierra y trajo á nuestro puerto lo que antes se perdía en los caminos. Mantuvo larga y cordial relación con la Compañía de Río-Tinto y con su presidente Mr. Hugh Matheson, que le tuvo por amigo personal. Y de la restauración del monasterio de La Rábida, hoy comenzada, y de que el Centenario de Colón se celebrase en esta y no en corte alguna distante, á él se debe cuanto la voluntad de un hombre puede en tales cosas.

Porque conviene recordar, ahora que lo lloramos, que la pretensión de Huelva venía sostenida de años atrás por la Sociedad Colombina Onubense y por buenos amigos de esta provincia, sin que faltase quien la tuviese por sueño de onubenses. Vuelto Cánovas á la Presidencia en Julio de 1890, puso la conmemoración sobre el pie de congresos y exposiciones, con estas riberas por centro, y la llevó á término. Nombrado presidente honorario del IX Congreso Internacional de Americanistas, reunido del 7 al 11 de Octubre de 1892 bajo la presidencia del Ministro de Ultramar D. Antonio María Fabié, á él tocó pronunciar el discurso inaugural en el claustro del Monasterio. El día 12 del mismo mes, y en la misma casa, á propuesta suya puso S. M. la Reina Regente su firma al decreto por el cual se autorizaba al Gobierno para solicitar de las Cortes la declaración perpetua del 12 de Octubre como fiesta nacional. Cuantos vieron aquellos días saben lo que fueron, y saben á quién los debe Huelva.

Fué asimismo historiador de singular penetración. Sus escritos sobre la decadencia de la Monarquía española desde Felipe III hasta Carlos II, sobre la Casa de Austria y sobre el reinado de Felipe IV conservan autoridad, y no es de olvidar que empezó por la novela con «La Campana de Huesca». Director de la Real Academia de la Historia y Presidente del Ateneo de Madrid, procuró siempre unir el pasado con el presente, teniendo la historia por sangre y vida de la acción política.

En edad de ideologías mudables y de pactos frágiles, representó la continuidad, la tradición y el orden. Acusado muchas veces de obstinación, guióle siempre un hondo sentimiento de la misión histórica de España. Su muerte deja un vacío en los consejos de la nación y una sombra sobre nuestras costas; y en Huelva, sobre el duelo de españoles, ponemos el de una gratitud que no ha de acabarse con él.

Requiescat in pace.

[Un artículo de la Huelva Gazette basado en documentos y fuentes originales de la época]