La reina Cristina y el pequeño Rey han embarcado hoy en Cádiz en medio de manifestaciones de lealtad, aún más entusiastas que las de Sevilla. La bahía de Cádiz fue escenario de una espléndida parada naval, en la que tomaron parte quince buques de guerra españoles y navíos de doce potencias extranjeras. Cuando se izó a bordo del crucero Conde de Venadito el pabellón de Castilla, de color púrpura oscuro, para indicar la presencia de la realeza a bordo, los buques de guerra congregados tronaron con sus salvas y todas las dotaciones cubrieron botes y jarcias.
Las iluminaciones de la pasada noche en el puerto y en la ciudad de Cádiz fueron magníficas. El ministro de Marina, el almirante Beránger, y un gran número de oficiales de las marinas extranjeras asistieron a un baile en las Casas Consistoriales.
La escuadra real, escoltada por los buques de guerra extranjeros en dos líneas —encabezadas por el navío de guerra americano Newark y el italiano Vesuvius—, zarpó posteriormente de Cádiz con rumbo a Huelva.
Solo catorce buques españoles y extranjeros pudieron internarse en la ría de Huelva, entre ellos el cañonero inglés Scout. El resto regresó a Cádiz. La Reina y la Familia Real desembarcaron en La Rábida, en un muelle construido en el mismo paraje desde donde Colón partió en 1592, y Sus Majestades visitaron el monasterio acompañados por el arquitecto Velázquez, autor de las obras de restauración. La reina expresó su gran satisfacción por la marcha de los trabajos del monumento.
Los accesos a la ría de Huelva por mar ofrecen el paisaje más monótono imaginable. Las orillas, bajas y marismeñas, aparecen salpicadas de una pobre vegetación, pinos enanos, juncos y chozas de pescadores con techumbres de paja. En la distancia, Huelva semeja una ciudad oriental que se recorta en el horizonte, con sus muros encalados destacándose contra los cabezos y el río, de aguas oscuras y amarillentas. Allá, en la margen izquierda del río Tinto, se eleva un terreno ondulado sobre el que se asientan Moguer, Palos y el monasterio de La Rábida, recientemente restaurado con gran acierto y rodeado de terrenos esmeradamente dispuestos con plantas y árboles tropicales. Aquí se halla también el monumento, de 230 pies de elevación, en honor a Colón y a la reina Isabel «la Católica». Grandes muchedumbres se congregaron en este sitio histórico para presenciar la llegada del Rey y la Reina, quienes pasarán la noche a bordo de su yate, no habiendo de entrar en la ciudad de Huelva hasta el día de mañana.
La reina Cristina puede jactarse de haber gozado de un «tiempo de reina» para su travesía desde Cádiz a la ría de Huelva. Solo una leve brisa rizaba la superficie de las aguas. Al aproximarse a la barra del río, buen número de vapores, cañoneros y embarcaciones de recreo aguardaban su llegada, conduciendo al Presidente del Consejo de Ministros y a numerosas personalidades nacionales y extranjeras que habían salido exprofeso para presenciar la parada naval fuera de la barra. Fue un espectáculo grandioso el momento en que los buques de guerra saludaron al pasar junto al yate real. El Conde de Venadito y una multitud de lanchas y vapores avanzaron en su estela hacia la entrada del río. La Reina, el pequeño Rey y sus hermanas toleraron el pasaje notablemente bien, mostrando vivo interés por el aparato naval que daba testimonio de las simpatías de las potencias europeas y americanas.
[Fuente: The Daily News, Londres, 11 de octubre de 1892]
