Se dió ayer conocimiento á la Alcaldía, de que en una de las posadas de la Placeta, había un anciano desvalido enfermo. Dispuso el Sr. Alcalde que uno de los médicos titulares pasara á verle; así se verificó y en vista del dictámen facultativo, dió órden dicha autoridad para que el anciano, que según parece moría de inanición, fuese trasladado al hospital. Conducido en una camilla á dicho establecimiento, no se le admitió; reuniéronse el Director y algunos médicos, nos dicen, y despues de deliberar,—no acertamos á comprender sobre qué podrían versar dichas deliberaciones—el enfermo fué rechazado comunicándoselo así al Alcalde.
El hospital, como saben muchos de nuestros lectores, es provincial; el Ayuntamiento no tiene hospital particular y paga en aquel las estancias de sus enfermos.
Véanse, pues, los términos del conflicto: un anciano moribundo, sin familia ni conocimientos, en mitad de la calle. Un asilo de caridad que rechaza á los desvalidos á sus puertas; un alcalde que no tiene donde recogerlo, porque ni el recurso de llevarlo á la Cinta era prudente ni humano emplearlo en aquellos momentos. ¿Qué hacer?
Y á todo esto y mientras se deliberaba en el hospital, y se oficiaba al alcalde, y el alcalde discurría y daba pasos para resolver el conflicto, las horas corrían y el enfermo en la camilla en el zaguán del hospital esperaba de la caridad oficial un rincón donde morir en paz. ¡Qué espectáculo en una poblacion cristiana y culta!
Recordó el Sr. Alcalde el generoso ofrecimiento que la Compañía de Riotinto le había hecho poniendo á disposición del municipio el hospital, que dicha Compañía posee en Huelva, con todo su personal y servicio, para el caso desgraciado en que vinieran tristes dias sobre nuestra ciudad, y aun cuando el caso en que se hallaba era bien ageno y estaba muy lejano del propuesto, no tuvo inconveniente en llamar á esta puerta obteniendo el éxito deseado y pudiendo al poco tiempo dirigir al Sr. Director del Hospital provincial un oficio que en resumen decía:
«Negada por V. E., de conformidad con los facultativos, la hospitalidad solicitada para el pobre enfermo José Prieto, he tenido necesidad de pedirla al señor Director del Hospital de Rio-Tinto, donde se ha dado la órden para su admisión.»
En efecto, allí se encuentra perfectamente asistido por los médicos de dicho establecimiento nuestros amigos los doctores Mackay y Garcia, y si no se salva su vida, por lo ménos morirá tranquila y decorosamente como corresponde á un ser humano en un pais civilizado, y no abandonado en mitad de la calle, y para unir á la crueldad el sarcasmo, en frente á un asilo de caridad.
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Aconsejamos muy seriamente á nuestros lectores que no se dejen impresionar por infundadas alarmas y noticias exajeradas unas, y de todo punto falsas otras, pues la tranquilidad del espíritu es la mitad de la salud y constituye en épocas de epidemia las tres cuartas partes de los preservativos; es la verdadera profilaxis del mal asiático y del europeo y del de cualquiera otra parte del mundo.
En Huelva la salud pública es buena, muy buena. Nada, en el presente ocurre que pueda ser motivo de alarma ó recelo sobre este punto.
Mas esto no debe ser razon para que vivamos desprevenidos, y despreciemos los consejos y prescripciones de la higiene que tanto las autoridades y corporaciones como los individuos deben observar hoy mas que nunca á fin de que el mal, si viniere, no encontrase donde arraigar.
[La Provincia, 4 de diciembre de 1885]
