Golden Tower Seville 1836

Desde Sevilla a Río Tinto — Richard Ford, 1845

Traducción al español de la descripción de las minas de Río Tinto contenida en el A Hand-book for Travellers in Spain de Richard Ford (1845).

R. vii. es un viaje á caballo de malos caminos y peores alojamientos; aténgase, pues, el viajero á nuestras advertencias preliminares y provéase de pasaporte español, expedido por el Capitán General ó el gefe político, explicando el objeto científico de la excursión: útiles son asimismo las cartas de recomendación para los superintendentes de las minas. Las distancias han de tomarse aproximadamente; son leguas de montaña, y muy convencionales. La botánica de estas dehesas y despoblados es sumamente interesante, y la caza abundante. Una escopeta inglesa de dos cañones es útil bajo más de un concepto. Para algunas observaciones acerca de las minas de España y de los libros más provechosos, véase Cartagena.

Pasando por Itálica, la carretera de Bajajoz se continúa hasta la Venta de Pajanosa, 4 L., y tuerce después á la izq. por un yermo de xaras, cistus y flores aromáticas, entregado á la abeja y á la mariposa, hasta Algarrobo, pequeña aldea. Desde allí, 3 L. por país semejante, hasta un pueblo de la sierra, Castillo de las guardias, así llamado por su atalaya morisca; aquí se pernocta. 5 L., por una dehesa solitaria, conducen al día siguiente á Río Tinto. Las rojas y desnudas laderas del monte de cobre, la Cabeza Colorada, con nubes de humo que se enroscan sobre oscuros pinares, anuncian desde lejos estas célebres minas. El acceso inmediato á la aldea semeja el de una región infernal en pequeño; el camino está hecho de cenizas quemadas y de escoria, las paredes se componen de granzas semejantes á la lava, en tanto que mineros macilentos, de rostro cetrino y vestidura ennegrecida, se arrastran de acá para allá, moradores muy propios del sitio; un arroyuelo verde y cobrizo serpea bajo la ribera de abetos, y es el río teñido del cual toma su nombre la aldea. Brota la corriente de las entrañas mismas del monte, y se supone comunicar con algún antiguo conducto interior no descubierto todavía; de ella se obtiene el cobre más puro: colócanse barras de hierro en canales de madera que se sumergen en las aguas, y entonces se deposita sobre ellas una cáscara, ú hoja de metal, que se desprende á golpes; sométese luego la barra al mismo procedimiento hasta quedar enteramente consumida. El agua es mortalmente venenosa; ningún animal ni vegetal puede vivir cerca de ella, y mancha y corroe cuanto toca.

Estas minas fueron perfectamente conocidas de los antiguos, cuyos pozos y galerías se descubren de continuo. Los romanos y los moros parecen haber laborado principalmente en la ladera del N.; la enorme acumulación de escoriales muestra hasta qué punto llevaron adelante sus operaciones; estas antiguas granzas se emplean constantemente en la fundición, pues, por lo imperfecto de los métodos de los antiguos, se hallan con mucho cobre sin extraer.

La aldea está construida á cosa de una milla de las minas, y fué levantada por un tal Liberto Wolters, sueco, á quien Felipe V. había concedido el arriendo de las minas, que revirtieron á la corona en 1783. Ocúpanla principalmente los mineros; hay, sin embargo, una posada decente; los empleados y las personas oficiales tienen calle aparte. La vista desde encima de la iglesia es notable: el pueblo yace abajo con su arroyo y sus naranjales; á la izq. se levanta el escabroso cerro del cobre, envuelto en sulfurosas guirnaldas de humo; mientras que á la der. el magnífico y llano banco de abetos que surte de combustible á los hornos, la mesa de los pinos, tiene por fondo una extensión sin límites de colinas vestidas de cistus, que se alzan las unas sobre las otras.

Un funcionario competente conducirá al viajero por las minas, y podrá luego seguirse el mineral por todas las fases del beneficio, hasta que se convierte en cobre puro: visítese, pues, el Castillo de Salomón, en la Cabesa Colorada. Entrando en el socavón, desciéndese pronto por un pozo, valiéndose de una escala, hasta una galería inferior; el calor aumenta con la profundidad, pues no hay ventilación alguna; en el fondo marca el termómetro 80° Fahr., y los mineros, que introducen cuñas de hierro en la roca antes de dar el barreno, trabajan casi desnudos, y las pocas ropas que llevan encima están completamente empapadas de sudor; la escena es lóbrega, el aire denso y ponzoñoso, el trémulo parpadeo de las velas de los mineros azulado y sobrenatural; acá y allá, figuras con lámparas al pecho revolotean como los moradores de las estancias de Eblís, y desaparecen por escalas hacia honduras mayores. Melancólico es el son del pico del obrero solitario, que, á solas en su nicho de piedra, martillea en su prisión de roca como algún demonio confinado que se esforzase por abrirse paso hacia la luz y la libertad.

El cobre se halla en una pirita de hierro, y rinde cerca de cinco por ciento. Las estalactitas son bellísimas; pues dondequiera que el agua rezuma por el techo de la galería, forma como carámbanos de esmeraldas y de amatistas; mas estos vivos colores se oxidan al aire libre, y truécanse pronto en un pardo mate. Extraída la zafra, ó mineral en bruto, llévase á la calcinación, en la ceja del cerro, y allí se quema tres veces al aire libre; sublímase el azufre, y se escapa en nubes de humo; el metal en bruto, que parece una especie de coque de hierro, se conduce en seguida á fundirse en casas situadas junto al arroyo, por cuya fuerza hidráulica se mueven los fuelles. Mézclase primero el metal con partes iguales de carbón vegetal y de escoriales, prefiriéndose los antiguos, y fúndese después con brezo, especie de combustible compuesto de jara y romero. El hierro corre como lava, y el cobre se precipita en una cazuela ó copela inferior. Afínase luego en hornos, ó reverberos, y pierde cerca de un tercio de su peso; las espumas é impurezas, á medida que suben á la superficie, se retiran con un azadón de madera. El cobre puro se envía después á Sevilla, á la fundición de cañones, ó á Segovia, para ser acuñado.

[A Hand-book for Travellers in Spain, de Richard Ford — 1845]

[Un artículo de la Huelva Gazette basado en documentos y fuentes originales de la época.]